“Je m’interesse pas pour la vie de mes éléves…”

Mucha gente llevaba esperando mucho tiempo a que yo escribiese sobre M. P., mi profesora de francés. Ayyyy las musas, siempre igual con las musas. ¿Por qué no me echaré de musas a las 3 chicas que me han mirado por la calle en los últimos meses?

La historia comienza con el reto del Chico Almendra de dominar un idioma más, que además es la lengua que enseñaba su entrañable abuela Gabi. Me incribí en l’Alliance Française, cuatro horitas a la semana. El primer día vino una mujer muy francesa, una señora con la cara comida por el tabaco negro, voz de ducados, culta y que arrastraba la sílaba final. Muy entrañable, muy mala profesora.

Pero al día siguiente, ya sentado en clase (mi aplicación era anterior al conocimiento de la musa), veo llegar por la cristalera a una mujer joven rebosante de elegancia, belleza, de esas que saben hasta andar. Pensé que sería otra alaumna. Cuán grande la sorpresa cuando se sentó en la mesa del profesor. El otro chico de la clase, del que probablemente ni sabía el nombre en ese momento, y yo nos miramos y nos pasamos información en código masculino-heterosexual. Si hubiese pasado por estas épocas, habríamos transmitido un “¿qué? está malo el jamón ¿no?”.

Ese día al llegar a mi casita de Santa Engracia y en la siguiente sesión en avenida de Portugal, ya empecé a dar el coñazo con mi profesora de francés. Claro el primer día solo me había fijado en su espectacular carrocería. Pero con el tiempo iba teniendo detalles que no hacían más que acrecentar mi musificación. Tenía mal genio, llevaba jerséis de cuello alto, se le achinaban los ojos al reírse, tenía un dvd de Bergman en un bolso desordenado,… son muchas cosas. Esto no hacía más que provocar continuas meteduras de pata de Rafael Moltó. Una detrás de otra como en una screwball comedy, aunque a veces con lecturas un poco más sucias que en esas inocentes películas…

El primer día, para practicar nombres y preguntas sencillas, nos hizo ir uno por uno preguntándonos nombre, número de teléfono y dirección electrónica. El caso es que eramos impares así que ella se metió para que cuadrase la actividad. Cuando llegó mi turno de preguntarla, lo primero que hicimos fue presentarnos (yo no estaba nervioso, o no lo parecía), y después… la pedí el número de teléfono. Claro, ella no lo había tomado como un cortijazo, pero yo solo me hundí. Me dijo que no tenía, probablemente no daba su número personal a ningún alumno, pero nada más decirlo yo me apresure a disculparme. “No, no, si no me refería a eso, perdona,…” Esto está muy bien, pero cuando quedas como Ross es un poco jodido, y más delante de tres personas que esperaban su turno para preguntarla (todo mujeres) que empezaron a morderse las lenguas para no reírse. No era plan mofarse de mí al segundo día de conocernos, pero bueno, desde entonces estuve marcado.

Otra performance, está ya no sé a que altura del curso acaeció, fue la de las fotocopias. Ah sí, fue al volver de un viaje a Praga. Como había faltado, al acabar la clase, me dijo que me quedase. Grrrrrr. “Rafael, te tengo que dar las fotocopias de los días que has faltado”. Entonces, M. P. se sentó en su mesa mientras yo permanecí de pie. “Voy pasando y me vas diciendo cual te falta, ¿vale?” Vale. Se puso a pasar un montón de fotocopias y yo iba diciendo “esa sí, esa no”, pero claro, se me disparó el automático y con una mirada  de cordero degollado en standby, dirigí mi mirada hacia su generoso y voluptuoso escote. Y me quedé colgado como el toshiba desde el que escribo. Entonces me dice “Eh, ¡eh!, esta fotocopia no la tienes seguro y no me los has dicho” acompañando esto con una sonrisilla que estoy viendo ahora mismo en mi cabeza. Por lo menos se lo tomó bien.

A veces me ponía muy pesado, hasta el punto de que Chan o Javi querían irme a buscarme un día a clase para poder verla. Les dije que viniesen, que la clase era con cristalera, que solo tenían que buscarme a mí y mirar al jacón que hubiese en las inmediaciones. Pero nunca lo hicieron de tal manera que la leyenda aumentaba y aumentaba. No me perdía una clase de francés por nada del mundo, al revés que con el alemán, para el que siempre buscaba alguna excusa para no ir, aunque acabase yendo. Los lunes y los miércoles eran días felices, me sentía como uno que yo me sé, que se conforma con estar fumando a excasos centímetros de una mujer y con eso ya hace el fin de semana. Bueno yo de vez en cuando tiraba algún trasto inmundo y hablaba con ella fuera de los ejercicios de clase.

El problema es que me tocó un curso de francés en Toulouse. Digo problema porque no pude asistir al último trimestre de clase. Así que charlando con los chicos antes de partir para Francia, Chulen y Deivis me dijeron que tenía que hacer algo, después de seis meses de musificación creciente. Me decían que llegase el último día con flores a clase, les contesté que ya había hecho bastante el ridículo. Así que después de muchas discusiones, bromas, cochinadas, etc, decidimos que la escribiese una postal desde Toulouse en francés. Y lo hice.

Después de mis avances estratosféricos en un mes, el último día y con el equipaje a medio hacer le escribí una postal con más subtexto que texto. La postal era una foto de los árboles a la orilla del Garona en otoño, creo. El texto tenía más subtexto que nada. Empezaba con un “ya sé que no te interesas por la vida privada de tus alumnos pero…” y lo que sigue solo lo sabemos ella y yo, bueno y Mª Rosa, que antes de echarla al correo la leyó. Esa violación de mi intimidad sirvió para saber que la postal era muy bonita sin ser cursi. Fue muy difícil tirar los trastos sin tirar los trastos.

Pero nunca contestó, por ahora. Vamos, lleva sin comtestar unos 6 meses. Tiene mala pinta. No me duele. Fue un reto y yo lo superé. ¿Dónde estará mi postal? Probablemente en el fondo de un cajón. Quiero creer que nunca se convirtió en un folio reciclado. ¿Quién sabe? Pese a que M. P. ha perdido espacio en mis pensamientos, de los más inocentes a los más sucios, siempre recordaré sus jerséis de cuello alto, sus alhajas, sus miradas por el rabillo del ojo,… Pero sobre todo me acordaré de cuando llegaba a clase, con la hora justa, abrazada a su carpeta y sujetando su enorme bolso. Entonces una canción resonaba en mi cabeza:

PD: los musistas me entienden.

PDD: la canción a la que me refiero es la primera parte del vídeo

~ por moltosito en Noviembre 15, 2008.

5 comentarios to ““Je m’interesse pas pour la vie de mes éléves…””

  1. hiciste muy bien, rafa, que después se arrepiente uno de no hacer esas cosas … (20 minutos o más, para no decirle nada a García Alix… ay!)

    y aunque me he quedado con ganas de verla, creo que me sobra con imaginarla

  2. El ramo de flores te habría despejado la duda eterna en 30 segundos eternos también. Pero seguramente el honor descansa mejor en la innopia y sin duda la postal era la mejor opción.

    Como siempre dices, las musas mejor no conocerlas. Enorme comentario

    Ajax

    Fir

  3. Grande rafaelo, apoyo a Ajax, quizá si hubieras quedado un dia para tomar algo o algo asi hubiera sido la cosa mas tonta del mundo y te hubiera decepcionado, pero siempre nos quedará la duda de lo que hubiera pasado, como la de las miradas cruzadas en las bibliotecas, las chicas de las que te despides sin apuntar su teléfono (mi especialidad), las chicas con las que flirteas y luego las vuelves a ver y no te acuerdas de si las conoces o de que(otra especialidad)… Quizá lea esto, quien sabe, cosas mas raras se han visto.En fin, son muchas cosas.

  4. Realmente no tengo palabras… Sólo que el Partido se fundó para darnos amor y brindar por M. Simpson (no, espera, demasiado obvio, mejor Lisa P.), por mi camarera de la boda, etc… y lamernos las heridas. Impagables tus anecdotas Zippo-ridículas, para otro post porfa.

    Musismo profundo aka Old School ways

    Tags del Partido y Old School ya!

  5. realmente se despidió a la francesa…

Escribe un comentario