La semana pasada me leí “Farenheit 451″, de Ray Bradbury, uno de esos libros que como que te parece que tienes que haber leído. El caso es que hace algúnt iempo leí “El vino del estío”, también de Bradbury. Pero claro, “El vino del estío” es una obra atípica de Bradbury, pues habla sobre la infancia, mientras que la mayoría de su obra es de ciencia ficción. Curiosamente, este fin de semana y con motivo de una reedición, había una entrevista al escritor americano en el Babelia de El País. Al tipo a entrañable no le gana nadie. Aboga por el valor del papel escrito y ataca a internet por banalizar la lectura y convertir la cultura en un producto efímero. Además dice que su truco es escribir por y con amor, y en eso tiene más razón que un santo. Una de sus grandes frases, pronunciada en una conferencia, es: “Mi trabajo es ayudar a que os enamoréis”. También sostiene que todas las mujeres que han pasado por su vida eran bibliotecarias, profesoras de inglés o libreras, le encanta que una chica pueda citarle a los clásicos y/o catalogar libros. Qué tío más grande… Vamos con el análisis.
“Farenheit 451″ habla sobre un futuro en el que los bomberos (firemen en inglés, tiene más sentido) en vez de apagar fuegos, queman libros. El título hace referencia a la temperatura en que el papel combuste. Bueno eso lo sabriáis muchos aunque no lo hayáis leído. A través de la historia Guy Montag, uno de estos bomberos, se hace una defensa de la espontaneidad y de la lectura como fuente de sabiduría más allá del mero estudio y el entretenimiento. Mi tesis personal del libro es que el embobamiento de la población a través de la globalización y los medios de comunicación de masas conllevará funestas consecuencias a la cultura en general y la lectura en particular. Como siemrpe pasa con las obras maestras, es atemporal, pues Bradbury lo escribió al principio de la Guerra Fría y con la Caza de Brujas en marcha, pero leído ahora da bastante miedo, sobre todo cuando cerraba el libro y encendía el televisor y estaba “Sálvame”. [Por cierto una de las grandes obras maestras de Bradbury es "Crónicas Marcianas"]
Además de la historia central sobre la unidad anti-libros y todo lo que ahí se puede leer entre líneas, está el personaje de Clarisse McClellan. Esta chica de 17 años es la que siempre preguntaba por qué y no cómo, la que en vez de ver el televisor simplemente miraba al cielo, la que disfrutaba ante el más mínimo milagro de la creación,… y abre los ojos a Montag y al lector. Clarisse tiene una familia en la que hay comunicación, no como en el matrimonio Montag, la gente habla, ríe, discute,… más allá de los entretenimientos ofrecidos por el férreo sistema. Y ahí es donde se une a “El vino del estío”.
“El vino del estío”, mucho más bonito su título original, “Dandelion Wine” [Vino de diente de león], es un libro sobre la infancia, al parecer con tintes autobiográficos. Douglas Spaulding pasa el verano en Green Town, Illinois, junto a su familia y amigos y los vecinos del pueblo. El libro está compuesto por múltiples historias que giran en torno a la vida cotidiana del pueblo durante el verano de 1928. El libro exhala realismo mágico en algunas partes y yo acabé recordando de otra manera todos mis veranos de infancia en casa de mis abuelos y creándome mi propia versión. Empecé a verlos con los ojos de Douglas Spaulding y todos los recuerdos que tenía, que no eran malos casi ninguno, se convirtieron en muy buenos recuerdos. Para Douglas (Bradbury) lo más maravilloso es darse cuenta de que uno está vivo y disfrutar de cada una de las pequeñas cosas que pasan a lo largo de un día cualquiera. Sus juegos y travesuras junto a su hermano Tom llenan de alegría sus días, mientras los excéntricos vecinos del pueblo siguen con sus vidas, mucho más interesantes de lo que pueden parecer cuando se les ve sentados en el porche con un vaso de té helado.
Por eso, “El Vino del Estío” y “Farenheit 451″ tienen un punto muy importante en común. Uno recordando el pasado y el otro previendo el futuro, quieren reivindicar lo maravilloso que puede ser un día cualquiera si abrimos los ojos y miramos por la ventana, y salimos de lo que nos están diciendo que hagamos. La cita que abre “Farenheit 451″ resume esto muy bien. Es de Juan Ramón Jiménez: “Si te dan papel pautado, escribe por el otro lado”. A mí hacía tiempo que no me servía la lectura de un libro de una manera tan personal, es decir, tan directa con mi propia vida cotidiana. Los dos libros de Bradbury me han ayudado a reconducir mi vida en ciertos términos, como pulir recuerdos, y eso se refleja en detalles como las sonrisas que se me escapan cuando paseo por el jardín de mis abuelos y me acuerdo de donde jugaba a las chapas, las hostias que me he dado en bicicleta, que árbol intentaba trepar, donde cazaba zapateros y qué zona estaba llena de saltamontes. Debería chupar una de esas flores dulces y moradas que le encantaban a mi conejo Mauricio, seguro que me acuerdo de un montón de cosas. De hecho ahora mismo tengo el sabor de esas flores en la cabeza. Y eso es impagable, como todos los recuerdos y experiencias que caben en una botella de vino de diente de león.
PD: de “Farenheit 451″ hay una película dirigida por Truffaut, con Oskar Werner (el Jules de “Jules et Jim”) y Julie Christie. Bradbury dijo que era fiel en un 90% al texto, pero temblad, Mel Gibson ha comprado los derechos por medio millón de dólares y va hacer un remake.
Berlanga es mi director de cine español favorito. Suyas son “Bienvenido Mr Marshall”, “Los jueves, milagro”, “Plácido”, “El Verdugo” y “La Escopeta Nacional” y sus secuelas. Luego tiene otras buenas películas como “La Vaquilla” o retorcidas, como “Tamaño Natural”. Pero centrándonos en la primera tanda que he dicho, podemos decir que es uno de los tipos que mejor eludió la censura, que más palos a dado a la Iglesia y sobre todo, que más palos nos ha dado a todos los que hemos nacido en este país. Ha reflejado la cultura del pelotazo, la doble moral del nacionalcatolicismo, el paternalismo de las clases altas y el oportunismo del boom económico de los años 60 que desencadenó en la destrucción visual de una gran parte de nuestro país, la costa de levante.
El sexo también está bastante presente en sus películas, sobre todo una vez muerto Franco, que podía ser más explícito. Pero la sexualidad para Berlanga es ridícula, debido a la represión que sufrió el país, los personajes que tienen relaciones o situaciones sexuales en sus películas son unos enfermos, hacen gracia pero dan bastante asco. Como el marqués padre y el marqués hijo de la trilogía Nacional.
Por eso Berlanga me parece lo más auténtico que ha dado el cine patrio, porque refleja lo que somos y/o eramos. En “Todos a la cárcel” que yo había visto hace muchísimo y revisité el otro día, los ataques van dirigidos a los políticos de la democracia, a su caradura, su pose y sus vicios caros, así como el servilismo hacia los americanos. Es una obra menor clara, pero mejor que muchas obras de corte social que se han estrenado en los últimos años. El espejo social en el que se convierten las películas de Berlanga deja en muy mal lugar a gente como Fernando León y otros modernos pseudo-sociales. Lo que da un poco de miedo es que Berlanga ha sido y serám siempre un comediante, ataca los males desde la risa. Bueno la verdad es que no da miedo. Así somos. Este país es mucho más cuerdo gracias al humor negro, y gracias a este valenciano fetichista de los zapatos, algunos lo hemos mantenido y hemos hecho de él nuestro escudo.
El portugués ha ganado casi todo lo ganable con 24 años y eso no lo soporta nadie sin volverse un gilipollas. Me contó un residente en Inglaterra que cuando Ferguson le fichó siendo un tirillas, un piscinero que solo sabía hacer bicicletas. Sir Alex le dijo que si quería ser el mejor jugador del mundo que le hiciese caso en todo lo que dijese. Cristiano aceptó el trato y cuando se ha convertido en el mejor (o casi, no quiero entrar en discusiones), ha dejado a Ferguson. El escocés “es” el mejor Man Utd de la historia, él sí podía hacerse con el portugués en un vestuario. Pellegrini no se hizo ni con el de River, con estrellas de segunda, o digamos mejor de categoría regional. Ahora el tipo este viene para vanagloriarse de ser el más guapo, el más cachas y el más guapo, pero ¿se acordará de jugar al fútbol? El tío sabe, pero que ambición tiene. ¡Ah! Se me olvidaba que su sueño de niño era jugar en el Real Madrid, como todos los que ficha Florentino. Es curioso, cuandop fichaba Lorenzo o Calderón, no lo soñaban desde niños. Eso quiere decir que Florentino solo busca a gente realemente comprometida con el escudo (jajajaja).
El Madrid debería empezar a pensar un poco en el juego per se, no en todo lo que le rodea. Eso a partir de haber demostrado que las cosas funcionan. A ver si después del circo Cristiano (que no Romano), el de Kaká y los que vendrán por delante, el equipo es un coladero, Kaká acaba hasta la polla de Sergio y Ronaldo de resaca, Marcelo no aprende a defender y Casillas se harta de mandar a todos a tomar por culo por dejar huecos y el proyecto se queda en una preciosa colección de jarrones. Me parece muy bien que quieran ganar dinero, porque el fútbol es un negocio digan lo que digan, pero al Madrid no le falta dinero, le falta ganarse el respeto de Europa y del Barça.
Estos paripés de presentaciones, de aludir a sensiblerías como los sueños de infancia, le quitan al fútbol lo poco de noble que tenía, le quitan epicidad, le roban el atractivo. Pero es que el fútbol ya no es nada de eso. Todo eso era cuando jugaban esos dos tipos entrañables que estaban detrás de Cristiano y Florentino, Alfredo Di Stéfano y Eusebio. Pasado y presente. A mí siempre me gustaron los clásicos. Este tipo, así como Ibrahimovic o Ronaldinho representan los tiempos por los que pasa el fútbol, egoísmo, merchandising, mal gusto y pocos EQUIPOS. Lo peor de todo es que los medios siguen dándoles bola a estas divas, en vez de decir de una puta vez que Xavi Hernández es el mejor jugador del mundo, pero no es mediático, y lo dice uno del Madrid.

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