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La censura en los comics: La comisión de 1954 del Senado de EEUU

Una portada de cómic. Una mujer sin cabeza y la cabeza sujeta por un hombre con un hacha. William Gaines fue preguntado en una comisión del senado de EEUU a propósito de este dibujo. El señor Gaines sostenía que el solo hacía portadas de buen gusto. “¿Una mujer sin cabeza también es de buen gusto?”, vino a decir el senador Kefauver. “Sí, para un cómic de terror.”

En 1954 se llevó a cabo una subcomisión sobre delincuencia juvenil en los EEUU. Entre otras cosas se habló de tebeos. A partir de un libro de un psicoanalista de medio pelo, el doctor Fredric Wertham, llamado Seduction of the Innocent se creó todo un movimiento de repulsa a cualquier posible mala influencia sobre los jóvenes americanos. En el libro se hablaba de libros (novelas negras), películas y también de tebeos. Los ataques a la honorabilidad de los superhéroes han llegado hasta hoy: Batman es un pedófilo que mantiene una relación “maestro-alumno” a la Antigua Grecia con Robin; o Wonderwoman es un poco marimacho. Otra muy curiosa por ejemplo es que Superman es un mal ejemplo porque, aunque luche contra el crimen, siente placer al forrarles a hostias y es muy superior a sus enemigos, por lo que no está bien abusar. Superman es un fascista. El escritor es un tipo que decía: “Si me encuentro con un joven rebelde en un callejón, preferiría que no hubiese visto Bonnie & Clyde“.
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Ray Bradbury: “If you hide your ignorance, no one will hit you, and you’ll never learn”

La semana pasada me leí “Farenheit 451”, de Ray Bradbury, uno de esos libros que como que te parece que tienes que haber leído. El caso es que hace algúnt iempo leí “El vino del estío”, también de Bradbury. Pero claro, “El vino del estío” es una obra atípica de Bradbury, pues habla sobre la infancia, mientras que la mayoría de su obra es de ciencia ficción. Curiosamente, este fin de semana y con motivo de una reedición, había una entrevista al escritor americano en el Babelia de El País. Al tipo a entrañable no le gana nadie. Aboga por el valor del papel escrito y ataca a internet por banalizar la lectura y convertir la cultura en un producto efímero. Además dice que su truco es escribir por y con amor, y en eso tiene más razón que un santo. Una de sus grandes frases, pronunciada en una conferencia, es: “Mi trabajo es ayudar a que os enamoréis”. También sostiene que todas las mujeres que han pasado por su vida eran bibliotecarias, profesoras de inglés o libreras, le encanta que una chica pueda citarle a los clásicos y/o catalogar libros. Qué tío más grande… Vamos con el análisis.

“Farenheit 451” habla sobre un futuro en el que los bomberos (firemen en inglés, tiene más sentido) en vez de apagar fuegos, queman libros. El título hace referencia a la temperatura en que el papel combuste. Bueno eso lo sabriáis muchos aunque no lo hayáis leído. A través de la historia Guy Montag, uno de estos bomberos, se hace una defensa de la espontaneidad y de la lectura como fuente de sabiduría más allá del mero estudio y el entretenimiento. Mi tesis personal del libro es que el embobamiento de la población a través de la globalización y los medios de comunicación de masas conllevará funestas consecuencias a la cultura en general y la lectura en particular. Como siemrpe pasa con las obras maestras, es atemporal, pues Bradbury lo escribió al principio de la Guerra Fría y con la Caza de Brujas en marcha, pero leído ahora da bastante miedo, sobre todo cuando cerraba el libro y encendía el televisor y estaba “Sálvame”.  [Por cierto una de las grandes obras maestras de Bradbury es “Crónicas Marcianas”]

Además de la historia central sobre la unidad anti-libros y todo lo que ahí se puede leer entre líneas, está el personaje de Clarisse McClellan. Esta chica de 17 años es la que siempre preguntaba por qué y no cómo, la que en vez de ver el televisor simplemente miraba al cielo, la que disfrutaba ante el más mínimo milagro de la creación,… y abre los ojos a Montag y al lector. Clarisse tiene una familia en la que hay comunicación, no como en el matrimonio Montag, la gente habla, ríe, discute,… más allá de los entretenimientos ofrecidos por el férreo sistema. Y ahí es donde se une a “El vino del estío”.

“El vino del estío”, mucho más bonito su título original, “Dandelion Wine” [Vino de diente de león], es un libro sobre la infancia, al parecer con tintes autobiográficos. Douglas Spaulding pasa el verano en Green Town, Illinois, junto a su familia y amigos y los vecinos del pueblo. El libro está compuesto por múltiples historias que giran en torno a la vida cotidiana del pueblo durante el verano de 1928. El libro exhala realismo mágico en algunas partes y yo acabé recordando de otra manera todos mis veranos de infancia en casa de mis abuelos y creándome mi propia versión. Empecé a verlos con los ojos de Douglas Spaulding y todos los recuerdos que tenía, que no eran malos casi ninguno, se convirtieron en muy buenos recuerdos. Para Douglas (Bradbury) lo más maravilloso es darse cuenta de que uno está vivo y disfrutar de cada una de las pequeñas cosas que pasan a lo largo de un día cualquiera. Sus juegos y travesuras junto a su hermano Tom llenan de alegría sus días, mientras los excéntricos vecinos del pueblo siguen con sus vidas, mucho más interesantes de lo que pueden parecer cuando se les ve sentados en el porche con un vaso de té helado.

Por eso, “El Vino del Estío” y “Farenheit 451” tienen un punto muy importante en común. Uno recordando el pasado y el otro previendo el futuro, quieren reivindicar lo maravilloso que puede ser un día cualquiera si abrimos los ojos y miramos por la ventana, y salimos de lo que nos están diciendo que hagamos. La cita que abre “Farenheit 451” resume esto muy bien. Es de Juan Ramón Jiménez: “Si te dan papel pautado, escribe por el otro lado”. A mí hacía tiempo que no me servía la lectura de un libro de una manera tan personal, es decir, tan directa con mi propia vida cotidiana. Los dos libros de Bradbury me han ayudado a reconducir mi vida en ciertos términos, como pulir recuerdos, y eso se refleja en detalles como las sonrisas que se me escapan cuando paseo por el jardín de mis abuelos y me acuerdo de donde jugaba a las chapas, las hostias que me he dado en bicicleta, que árbol intentaba trepar, donde cazaba zapateros y qué zona estaba llena de saltamontes. Debería chupar una de esas flores dulces y moradas que le encantaban a mi conejo Mauricio, seguro que me acuerdo de un montón de cosas. De hecho ahora mismo tengo el sabor de esas flores en la cabeza. Y eso es impagable, como todos los recuerdos y experiencias que caben en una botella de vino de diente de león.

PD: de “Farenheit 451” hay una película dirigida por Truffaut, con Oskar Werner (el Jules de “Jules et Jim”) y Julie Christie. Bradbury dijo que era fiel en un 90% al texto, pero temblad, Mel Gibson ha comprado los derechos por medio millón de dólares y va hacer un remake.